ÉLDER MERRILL J. BATEMAN
De la Presidencia de los Setenta
Se espera que los dignos poseedores del Sacerdocio de Melquisedec empleen
el poder que les ha sido delegado para bendecir a los demás, empezando
por sus propias familias.
El testimonio de José Smith y Oliver Cowdery sobre cómo el sacerdocio y sus poderes fueron devueltos a la tierra constituye una de las evidencias más notables de la Restauración. En cada caso, el sacerdocio y sus llaves fueron restaurados por mensajeros divinos que los habían poseído en la antigüedad. Juan
el Bautista entregó el Sacerdocio Aarónico con las llaves del arrepentimiento y el bautismo1. Pedro,
Santiago y Juan no sólo restauraron el Sacerdocio de Melquisedec, sino también las "llaves del reino"2. Moisés y Elías regresaron con las llaves del "recogimiento" y las de "sellar"3. Los acontecimientos que describen el retorno del sacerdocio son extraordinarios por el hecho de que cumplen con el modelo bíblico de la restauración del sacerdocio efectuada en dispensaciones anteriores. Por ejemplo, consideremos la restauración y la
transferencia de los poderes del sacerdocio en la época del Salvador.
Cerca ya del fin de Su ministerio, Jesús prometió a Pedro "las
llaves del reino"4, sabiendo que Él partiría
pronto y que los apóstoles iban a necesitar las llaves del sacerdocio
para dirigir la obra tras Su ascensión. A fin de poder recibir las
llaves, Mateo registra que el Salvador "tomó a Pedro, a Jacobo
y a Juan... y los llevó... a un monte alto", donde "se transfiguró delante
de ellos" y se "les aparecieron Moisés y Elías"5.
Poco después de este acontecimiento, el Salvador declaró que
los apóstoles tenían ya las llaves para dirigir el ministerio6.
El profeta José Smith declara que "el Salvador, Moisés
y Elías entregaron las llaves a Pedro, Santiago y Juan en el monte
de la transfiguración"7.
El modelo de la restauración del sacerdocio que describe Mateo es
idéntico al que se siguió en nuestra dispensación. Los
apóstoles y los profetas designados por el Señor para poseer
las llaves en dispensaciones anteriores las devolvieron a la tierra al comenzar
esta dispensación.
En contraposición a esto, los ministros del siglo diecinueve del área
de Palmyra, al no entender la gran apostasía que había tenido
lugar, creían en un proceso completamente diferente para recibir el
sacerdocio. Creían que el poder para predicar procedía de un
llamamiento interior dirigido a un sacerdocio de creyentes, y no comprendían
la necesidad de recibir el sacerdocio de una persona con autoridad y mediante
la imposición de manos8. Además, tampoco entendían
el propósito ni la necesidad de las llaves del sacerdocio.
El sacerdocio es el poder y la autoridad de Dios delegadas al hombre, y
las llaves del sacerdocio constituyen el derecho a dirigir el uso de ese
poder. El Presidente de la Iglesia posee las llaves necesarias para gobernar
toda la Iglesia. Sus consejeros de la Primera Presidencia, así como
el Quórum de los Doce Apóstoles, poseen también las
llaves del reino y actúan bajo la dirección del Presidente.
A los presidentes de estaca, obispos, y a los presidentes de templo, de misión
y de quórum se dan llaves para guiar la Iglesia y sus jurisdicciones.
Los consejeros de éstos no poseen llaves, pero "reciben la autoridad
delegada por el llamamiento y la asignación"9.
El sacerdocio y las llaves de éste abren la puerta a las bendiciones
de la Expiación. Por medio del poder del sacerdocio, la gente se bautiza
para la remisión de pecados, que hizo posible el gran acto de misericordia
del Salvador. Un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec puede conferir el
don del Espíritu Santo. Mediante el otorgamiento del Espíritu
Santo, los miembros son purificados con fuego, conducidos a la verdad, consolados,
santificados y bendecidos de muchas formas como partícipes de los
frutos de la Expiación. La autoridad para sellar puede ligar un hombre
a su esposa y a los hijos de ambos para siempre, haciendo posible las exaltaciones
en el mundo venidero, lo cual vuelve a ser una bendición del Salvador.
Se espera que los dignos poseedores del Sacerdocio de Melquisedec empleen
el poder que les ha sido delegado para bendecir a los demás, empezando
por sus propias familias. Uno de los grandes legados de la Restauración
es que un padre que ha sido ordenado al Sacerdocio de Melquisedec tiene el
derecho de bendecir a su esposa e hijos cuando sienta la inspiración
de hacerlo o cuando éstos deseen una bendición de él.
Hace muchos años, nuestra familia vivió una experiencia que
dejó una impresión imborrable en lo referente a la importancia
y al valor de las bendiciones de padre. Tal vez les interese la lección
que aprendimos.
Cuando nuestros hijos mayores tenían la edad para asistir formalmente
a la escuela, mi esposa y yo decidimos dar una bendición de padre
a cada uno de ellos al comienzo del año escolar. La noche de hogar
anterior al comienzo del curso sería la ocasión elegida. El
año en que nuestro hijo Michael cursó tercer grado guarda unos
recuerdos que estimamos entrañables. El verano anterior Michael había
participado en la Liga Infantil de béisbol, un deporte que le apasionaba;
cuando nos reunimos para efectuar la noche de hogar antes del comienzo del
curso, Michael anunció que no necesitaba una bendición, ya
que había completado su primera temporada en la Liga Infantil y las
bendiciones eran para los niños pequeños.
Mi esposa y yo quedamos anonadados. Intentamos animarlo diciéndole
que la bendición le ayudaría con sus tareas escolares, que
le serviría de protección, que le ayudaría a relacionarse
con sus hermanos y amigos; pero nuestros ánimos, junto con algo de
persuasión, fracasaron. Él ya era mayor. Dado que creíamos
en el principio del albedrío, no íbamos a obligar a un niño
de ocho años a recibir una bendición, por lo que ese año
bendije a todos nuestros hijos, excepto a Michael.
El curso comenzó como de costumbre. Michael y los demás hijos
progresaban adecuadamente y todos disfrutábamos de los momentos que
pasábamos juntos. Y así llegó el mes de mayo y con él,
el inicio de la Liga Infantil de béisbol. Después del último
día de escuela, el entrenador de Michael convocó al grupo para
llevar a cabo un entrenamiento. Nada hubiera podido hacer más feliz
a Michael: su sueño estaba a punto de cumplirse; iba a ser el primer
receptor. El campo de béisbol estaba cerca de nuestra casa y tanto
el entrenador como los chicos caminaban hasta el campo cruzando una autopista
bastante concurrida. Tras el entrenamiento, los muchachos y el entrenador
se dirigieron a sus casas. Michael y un amigo corrían por delante
del entrenador y del resto del equipo, pero al aproximarse a la transitada
autopista, Michael no miró antes de cruzar y se atravesó delante
de un automóvil conducido por un joven de 16 años que conducía
por primera vez. ¿Pueden imaginarse el temor que debió haber
punzado el corazón de aquel joven? Pisó con fuerza el freno
y giró para evitar atropellar al niño, pero el lateral del
parachoques delantero golpeó a Michael y lo lanzó varios metros
por la autopista.
Poco después, mi esposa y yo recibimos una llamada de la policía.
Michael, en estado grave, iba de camino al hospital en una ambulancia. Era importante que nos apresuráramos. Antes de salir, llamé a
un amigo y le pedí que se reuniera con nosotros y me ayudara a darle
una bendición. Aquel viaje de 20 minutos fue el más largo de
nuestra vida. Orábamos con fervor por la vida de nuestro hijo y por
conocer la voluntad del Señor.
Al estacionar el coche a la entrada de la zona de urgencias vimos a un policía
que salía con un muchacho que iba llorando. El agente nos reconoció y
nos dijo que el joven era el conductor del vehículo. Sabíamos
lo suficiente de lo ocurrido, por lo que le dimos un abrazo y le expresamos
que sabíamos que no era culpa suya. Entonces entramos en el hospital
para buscar a Michael. Al entrar en su cuarto, los médicos y las enfermeras
trabajaban desesperadamente para atender las necesidades de nuestro hijo.
Mi amigo acababa de llegar y preguntamos si sería posible disponer
de un par de minutos a solas con él. Mi hermano en el sacerdocio lo
ungió y yo sellé la unción; al poner mis manos sobre
la cabeza de Michael, experimenté un sentimiento de consuelo y de
paz, fluyeron las palabras y se pronunciaron promesas. A continuación
se llevaron a Michael al quirófano.
Michael permaneció hospitalizado durante cuatro semanas, con la cabeza
vendada y la pierna estabilizada. Cada miércoles, sus compañeros
de la Liga Infantil lo visitaban después del partido y le contaban
cómo les había ido. Cada miércoles, a Michael se le
llenaban los ojos de lágrimas que le corrían por las mejillas
mientras revivía el partido. Luego de cuatro semanas en tracción,
los médicos lo enyesaron desde el pecho hasta los pies; en dos o tres
ocasiones lo llevamos a ver a sus amigos jugar. Pasaron otras cuatro semanas
y la escayola o yeso le fue reemplazado por otro que iba desde la cadera
hasta la punta de los pies. Dos días antes del comienzo del curso
escolar se le retiró la última escayola, y cuando la familia
se reunió a la noche siguiente en la que recibirían la bendición
para el nuevo curso, ¿se imaginan quién quería ser el
primero en recibirla? Un niño de nueve años, un poco mayor
y más prudente, era el primero de la fila.
Con los años, nuestros hijos han llegado a comprender que las bendiciones
del sacerdocio no siempre evitan los accidentes, pero también saben
que mediante el sacerdocio se cuenta con más de una clase de protección.
Hoy día, nuestros nietos son los receptores de las bendiciones del
sacerdocio. La tradición ya va por la segunda y tercera generaciones.
Creemos que esta práctica, al igual que la familia, prevalecerán
por las eternidades.
Cuán agradecido estoy de que un muchacho de 14 años, José Smith,
haya entrado en una arboleda deseando saber cuál Iglesia era la verdadera.
Estaré eternamente agradecido por la respuesta que recibió y
la consiguiente restauración del sacerdocio y sus llaves por conducto
de Juan el Bautista; de Pedro, Santiago y Juan, así como otros mensajeros
santos. Ruego que empleemos este gran poder para bendecir a todos los hijos
de Dios, empezando por nuestras propias familias. En el nombre de Jesucristo.
Amén.
NOTAS
1.Véase D. y C. 13; José Smith—Historia
1:68-72.
2. Véase D. y C. 27:12-13.
3. Véase D. y C. 110:11-16.
4. Véase Mateo 16:19.
5. Véase Mateo 17:1-3.
6. Véase Mateo 18:18; D. y C.
7:7.
7. Enseñanzas del Profeta José Smith,
pág.
184.
8. Véase Milton V. Backman Jr., Christian Churches of America:
Origins and Beliefs, rev. ed., 1976, 1983, págs. 54-55.
9. Manual de Instrucciones de la Iglesia, Libro 2,
pág.
193.