ÉLDER SHIRLEY D. CHRISTENSEN
De los Setenta
Hoy día hay profetas y apóstoles que están a la cabeza
de esta obra, a medida que se extiende por todo el mundo.
Al contemplar esta enorme congregación, con la imaginación
puedo ver no sólo a los que están presentes en el Centro de
Conferencias, sino a los que participan de esta conferencia en centros de
reuniones y casas particulares por todo el mundo. Ya sea que estén
cerca o lejos, ustedes son de gran importancia en la obra del Señor
y en el establecimiento de la Iglesia donde residen.
Estamos unidos en nuestro amor por Dios, nuestro Padre Celestial; honramos
Su nombre y el de Su Hijo Unigénito, el Salvador del mundo, Jesucristo.
En esta conferencia, mediante el poder del Espíritu Santo, experimentaremos
sentimientos que aumentarán nuestra fe en el Padre y el Hijo, y nuestro
amor por los principios del Evangelio restaurado. A su vez, esos sentimientos
nos acercarán a Ellos a medida que percibamos Su presencia en nuestra
vida, y deseemos con todo nuestro corazón saber Su voluntad y ser
como Ellos.
Mi mensaje y testimonio a ustedes es que hoy día hay profetas y apóstoles
que están a la cabeza de esta obra, a medida que se extiende por todo
el mundo. Ellos han sido llamados por Dios, por revelación; son en
verdad profetas, videntes y reveladores. El Señor los ama, y los miembros
de la Iglesia los honramos y respetamos como siervos del Dios viviente. El
llamado de advertencia de los profetas es tan claro hoy como lo fue en el
pasado, y su testimonio continuará hasta el preciso momento en que
el Señor Jesucristo regrese a reinar en gloria.
Vivimos en tiempos maravillosos pero peligrosos; por toda la tierra, la
estabilidad de las naciones y del mundo en general se está deteriorando.
Vemos discordia y enemistad entre líderes y naciones, conflicto entre comunidades
y contención en las familias. La solución a los males del mundo
se encuentra en la comprensión de las doctrinas y enseñanzas
del Señor Jesucristo, y en la aplicación de esos principios
en la vida de todo ser humano. Los profetas, tanto antiguos como modernos,
han enseñado con claridad las doctrinas y enseñanzas divinas,
de acuerdo con la inspiración del Espíritu Santo. Al escuchar esas
verdades, nuestro corazón y nuestra mente las reciben mediante ese
mismo Espíritu.
Al considerar la función de los profetas, es importante que comprendamos
que, en primer lugar, son llamados por Dios y que Él testifica al
mundo de su llamamiento. En el antiguo Libro de Abraham se describe un acontecimiento
que ocurrió en la vida premortal, cuando Dios contempló los
espíritus que había creado: "Y vio Dios que estas almas eran buenas,
y estaba en medio de ellas, y dijo: A éstos haré mis gobernantes;
pues estaba entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos; y me
dijo: Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer" (Abraham
3:23).
Sobre Samuel, el profeta del Antiguo Testamento, las Escrituras dicen: "Samuel
creció, y Jehová estaba con él, y no dejó caer
a tierra ninguna de sus palabras. Y todo Israel, desde Dan hasta Beerseba,
conoció que Samuel era fiel profeta de Jehová" (1 Samuel
3:19-20).
En el Libro de Mormón se cita al Salvador en la antigua América,
cuando Él recalcó el valor de las profecías del Antiguo Testamento
que había hecho Isaías:
"Y he aquí, ahora os digo que debéis escudriñar estas
cosas. Sí, un mandamiento os doy de que escudriñéis estas cosas
diligentemente, porque grandes son las palabras de Isaías. Pues él
ciertamente habló en lo que respecta a todas las cosas concernientes
a mi pueblo que es de la casa de Israel... Y todas las cosas que habló se
han cumplido, y se cumplirán, de conformidad con las palabras que
habló... Escudriñad los profetas, porque muchos son los que
testifican de estas cosas" (3 Nefi 23:1-3, 5).
En segundo lugar, la función de los profetas es enseñar de
Cristo y testificar de Su divinidad y de Su misión. Adán, el
primer profeta, y su esposa Eva, oyeron la voz del Señor y él
inició el modelo de las dispensaciones que vendrían después.
De ese hecho trascendental se registra que "Adán bendijo a Dios
en ese día y fue lleno, y empezó a profetizar concerniente a todas
las familias de la tierra, diciendo: Bendito sea el nombre de Dios, pues
a causa de mi transgresión se han abierto mis ojos, y tendré gozo
en esta vida, y en la carne de nuevo veré a Dios.
"Y Eva, su esposa, oyó todas estas cosas y se regocijó,
diciendo: De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos
tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el
mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede
a todos los que son obedientes.
"Y Adán y Eva bendijeron el nombre de Dios, e hicieron saber
todas las cosas a sus hijos e hijas" (Moisés 5:10-12).
Helamán, un antiguo profeta de las Américas, enseñó a
sus hijos Nefi y Lehi: "Y ahora bien, recordad, hijos míos, recordad
que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios,
donde debéis establecer vuestro fundamento, para que cuando el diablo
lance sus impetuosos vientos, sí, sus dardos en el torbellino, sí, cuando
todo su granizo y furiosa tormenta os azoten, esto no tenga poder para arrastraros
al abismo de miseria y angustia sin fin, a causa de la roca sobre la cual
estáis edificados, que es un fundamento seguro, un fundamento sobre
el cual, si los hombres edifican, no caerán" (Helamán
5:12).
Quizás el testimonio más poderoso del Salvador en esta dispensación
sea el que dieron el profeta José Smith y Sydney Rigdon en 1832:
"Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado
de él, éste es el testimonio, el último de todos, que
nosotros damos de él: ¡Que vive!
"Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar
que él es el Unigénito del Padre;
"que por él, por medio de él y de él los mundos
son y fueron creados" (D. y C. 76:22-24).
La tercera característica de los profetas es que sus enseñanzas quedan
registradas, y los profetas y maestros subsiguientes las enseñan a
los habitantes del mundo. El Señor dijo a Moisés, profeta del
Antiguo Testamento: "Sube a mi monte, y espera allá, y te daré tablas
de piedra, y la ley, y mandamientos que he escrito para enseñarles" (Éxodo
24:12).
Los profetas del Señor en la actualidad han dado un testimonio igualmente
convincente, cuando en 1995 testificaron al mundo acerca de la naturaleza
sagrada del matrimonio y de la familia:
"Nosotros, la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles
de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, solemnemente
proclamamos que el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por
Dios y que la familia es la parte central del plan del Creador para el destino
eterno de Sus hijos...
"Declaramos que la forma por medio de la cual se crea la vida mortal
fue establecida por decreto divino. Afirmamos la santidad de la vida y su
importancia en el plan eterno de Dios...
Hacemos un llamado a los ciudadanos responsables y a los representantes
de los gobiernos de todo el mundo a fin de que ayuden a promover medidas
destinadas a fortalecer la familia y mantenerla como base fundamental de
la sociedad" ("La Familia: Una proclamación para el mundo", Liahona, octubre
de 1998, pág. 24).
Más tarde, también expresaron su testimonio personal, en calidad
de Apóstoles del Señor, sobre la misión de Jesucristo:
"Testificamos solemnemente que Su vida, que es fundamental para toda
la historia de la humanidad, no comenzó en Belén ni concluyó en
el Calvario. Él fue el Primogénito del Padre, el Hijo Unigénito
en la carne, el Redentor del mundo...
"Testificamos que algún día Él regresará a la
tierra... Él regirá como Rey de reyes y reinará como
Señor de señores, y toda rodilla se doblará, y toda
lengua hablará en adoración ante Él. Todos nosotros
compareceremos para ser juzgados por Él según nuestras obras
y los deseos de nuestro corazón" ("El Cristo Viviente: El
testimonio de los Apóstoles", Liahona, abril de 2000,
pág. 2).
En su misma esencia, las doctrinas de La Iglesia de Jesucristo de los Santos
de los Últimos Días tienen como fin transmitir al alma de toda persona
sincera, que suplique a Dios con fe, un testimonio personal de nuestro Señor
y Salvador y de la función de los profetas desde el comienzo de los
tiempos hasta este preciso momento. Testifico que la sucesión de profetas
ha continuado desde José Smith, el primer Profeta de esta dispensación,
hasta Gordon B. Hinckley, el Profeta del Señor hoy en día. De eso
doy mi testimonio, en el nombre de Jesucristo. Amén.