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Terror, triunfo y una fiesta de bodas

Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Transmisión vía satélite del SEI: 12 de septiembre de 2004

Élder Jeffrey R. HollandGracias por venir aun si sabían quién iba a ser el discursante. Es emocionante para mí estar con ustedes esta noche. ¿De dónde salieron todos ustedes? (¡No contesten eso! No tenemos tiempo.) Y aunque no puedo verlos a todos, soy muy consciente del maravilloso y más extenso auditorio reunido mediante el satélite en muchas otras localidades alrededor del mundo, cerca de 80.000 de ustedes. Les damos a todos la bienvenida y les agradezco su asistencia y su invitación para que les dirija la palabra.

Quiero eximir a la hermana Holland esta noche; ella hubiera querido tanto haber estado con nosotros, pero está en Houston, Texas, ayudando a nuestra hija y yerno con una flamante nieta que acaba de nacer. Si quienes están reunidos en Houston se vuelven lentamente y miran hacia el fondo de la sala, tal vez vean a una linda abuelita escondiéndose en la última fila, que se hace pasar por alumna de instituto. Ahora, yo sé muy bien lo joven que ella luce, hermanos, pero, por favor, ya está casada. Aprecio el apoyo de ella estando allí, tanto como si estuviera aquí a mi lado esta noche. A ustedes les hago extensivo el amor de ella por ustedes, y sólo un deber así, como el que las abuelas tienen en ocasiones, pudo impedir que estuviera con nosotros. “Hermana Holland, te amo”.

Como muchos de ustedes saben, mi esposa y yo acabamos de regresar de una asignación de dos años en Chile, donde, como lo están haciendo muchos de ustedes en esta ocasión, nos sentábamos con jóvenes adultos y alumnos de instituto en centros de estaca a medio mundo de distancia para recibir estas transmisiones lejos de la cabecera de la Iglesia. Nosotros también sentíamos el Espíritu del Señor y el amor de nuestros líderes. En especial, sentíamos la hermandad de miles alrededor del mundo que, al igual que ustedes, eran de la misma edad, compartían la misma fe y buscaban las mismas cosas para un futuro pleno y feliz.

Vengo esta noche muy consciente de mis jóvenes amigos de Chile, pero igualmente consciente de todos nuestros otros amigos por todo el mundo: en Inglaterra y Francia, en Corea y Japón, en Australia, Nigeria y Ucrania, así como las legiones de ustedes reunidas por toda Norteamérica. ¡Bienvenidos todos!, sea cual sea el idioma que hablen, y, por favor, sepan que los amo. ¡Hay tanta fortaleza en nuestras filas! Ruego que el Espíritu y las bendiciones del Señor estén con todos nosotros y deseo de todo corazón que lo que yo diga sea de algún valor para cada uno de ustedes.

Terror

Esta noche deseo hablarles en el contexto de la continua ansiedad del mundo de hoy y de algunos de los desafíos con que nos enfrentamos aquí y en el extranjero. Cierto es que siempre ha habido desafíos en toda época y dispensación, pero ayer, 11 de septiembre, fue el tercer aniversario del violento y casi inimaginable suceso que estremeció al mundo entero. En realidad, las secuelas de aquel acto han influido en forma dramática y tal vez permanentemente muchas de las maneras en las que vivimos en el mundo de hoy. Quizás, con el aniversario de ayer, los temores e inquietudes de nuestros tiempos modernos aún vibran en su corazón hoy día.

De todos modos, ciertamente nuestros vecinos, los ciudadanos de las naciones a las que llega esta transmisión esta noche, desde el 11 de septiembre de 2001 han percibido un desequilibrio, se han llenado de mayor temor y se han alarmado por los acontecimientos internacionales y un casi generalizado nuevo uso del término terror. No hace muchos años que esa palabra se reservaba casi únicamente para la propaganda de las películas de segunda categoría y para las novelas de horror de Stephen King. Ahora, tristemente, es un tema cotidiano de los periódicos y tan común en la conversación que aun los niños pequeños, entre ellos los alumnos de Rusia, son conscientes de que el mundo en que vivimos puede ser brutal y nefastamente asaltado por los denominados “terroristas”. Además, hay desastres naturales y de otro tipo que se dan a conocer en las noticias que nos recuerdan que la vida es frágil y que presenta sorprendentes y funestos sucesos.

Los Últimos Días

En ese contexto, sé que muchos de ustedes se han preguntado en su corazón qué significa todo eso con respecto al fin del mundo y su vida en él. Muchos han preguntado: “¿Es ésta la hora de la segunda venida del Salvador y todo lo que está profetizado en relación con ese acontecimiento?”. De hecho, poco después del 11 de septiembre un misionero me preguntó, con toda sinceridad y lleno de fe: “Élder Holland, ¿son éstos los últimos días?”. Noté sinceridad en su rostro y algo de temor en sus ojos, y quise tranquilizarlo. Pensé que tal vez rodearlo con un brazo y un poco de buen humor podría aliviar algo su angustia. Dándole un abrazo, le dije: “Élder, tal vez yo no sea la persona más inteligente del mundo, pero incluso yo sé el nombre de la Iglesia”. Entonces hablamos acerca de ser Santos de los Últimos Días. Le dije: “Sí, élder, estamos en los últimos días, pero en realidad no hay nada nuevo al respecto. La prometida segunda venida del Salvador comenzó en 1820 con la Primera Visión del profeta José Smith. De manera que ya tenemos cerca de 184 años de experiencia viendo la Segunda Venida y los últimos días desplegándose. Podemos estar seguros de que estamos en los últimos días, en años y años de ellos”, y le di un amistoso apretón de manos y me despedí de él.

Sonrió, pareció más tranquilo al poder poner todo eso en algún contexto y siguió su camino. Me imagino que hace ya tiempo finalizó con éxito su misión y que ahora está en casa, feliz y siguiendo adelante con su vida; tal vez, incluso esté en este auditorio en algún lugar, ¡buscando esposa! (¡Más le vale que así sea!)

Me apresuro a decir que realmente lo que ese joven preguntaba. Lo que realmente quiso decir fue: “¿Finalizaré mi misión? ¿Tiene sentido proseguir mis estudios? ¿Puedo tener esperanza de casarme? ¿Tengo futuro? ¿Hay por delante algo de felicidad para mí?”. Y a ustedes les digo, a todos, lo que le dije a él hace tres años: “Sí, por supuesto, a todas esas preguntas”.

En cuanto a la hora real de la Segunda Venida, la que se verá públicamente, con sus temblores de tierra, no sé cuándo sucederá. Además, el presidente Gordon B. Hinckley ha dicho que él no sabe cuándo sucederá y eso es porque nadie lo sabe. El Salvador dijo que ni los ángeles del cielo lo sabrían (véase Mateo 24:36).

Debemos estar atentos a las señales e interpretar los cambios de las estaciones; debemos vivir tan fielmente como nos sea posible y debemos compartir el Evangelio a fin de que las bendiciones y la protección estén al alcance de todos; pero no podemos ni debemos paralizarnos sólo porque ese suceso y por los acontecimientos que lo acompañan están ante nosotros en algún lugar. No podemos dejar de vivir la vida. De hecho, deberíamos vivirla más plenamente que nunca. Después de todo, ésta es la Dispensación del cumplimiento de los tiempos.

Digo eso porque recientemente después de aquel 11 de septiembre, supongo— he oído opiniones muy sombrías y hasta espantosas de parte de algunos de la edad de ustedes en relación con las preguntas que aquel misionero tenía en mente. He oído a algunos de ustedes decir que ustedes se preguntan si hay algún propósito en servir una misión o estudiar o en planificar una carrera si el mundo en el cual vivimos va a ser tan incierto. Aun he oído decir a novios: “No sabemos si debemos casarnos en tiempos tan inciertos”.

Lo peor de todo es que he oído hablar de que algunos recién casados se preguntan si deberían traer hijos a un mundo lleno de terror y al borde de los cataclismos de los últimos días. Permítanme decirles que, en cierta forma, ese tipo de actitudes me preocupa más de lo que me preocupa Al-Qaeda.

Tengo sólo dos cosas para decir a cualquiera de ustedes que esté preocupado por el futuro. Las digo con amor y del corazón:

Primero, nunca debemos, en época o circunstancia alguna, permitir que el temor ni el padre del temor (Satanás mismo) nos desvíe de nuestra fe y de llevar una vida fiel. Siempre ha habido preguntas con respecto al futuro. Todo joven y toda pareja joven de cualquier época han tenido que andar por la fe hacia lo que siempre ha sido cierta incertidumbre, comenzando con Adán y Eva en aquellos vacilantes primeros pasos fuera del Jardín de Edén; pero eso está bien; ése es el plan y va a estar bien. Tan sólo sean fieles. Dios está a cargo. Él sabe sus nombres y conoce sus necesidades.

Fe en el Señor Jesucristo; ése es el primer principio del Evangelio. Debemos seguir adelante, como dice el himno de K. Newell Dayley, que conmemora a nuestros pioneros del pasado: “Con fe en cada paso”1. Pero, al igual que esos pioneros, ustedes tienen que seguir dándolos, un paso y luego otro y después el siguiente, así es como se realizan las tareas, así es como se alcanzan las metas y así es como se conquistan las fronteras. En lenguaje más divino, así es como se crean los mundos y así es como el mundo de ustedes será creado.

Dios espera que ustedes tengan suficiente fe y determinación, y suficiente confianza para seguir adelante, para seguir viviendo y seguir regocijándose. En realidad, Él espera que ustedes no sólo hagan frente al futuro (eso parece sombrío y estoico); Él espera que lo abracen y que lo forjen, que lo amen, que se regocijen en él y que se deleiten en sus oportunidades.

Dios aguarda deseoso la oportunidad de contestar a sus oraciones y cumplir sus sueños, como siempre lo ha hecho, pero no puede hacerlo si ustedes no oran y si no tienen sueños. En suma, Él no puede hacerlo si ustedes no creen.

Basándome en mi enorme conocimiento de cuentos infantiles, digo que uno puede elegir el ave que más le guste; esto es: ustedes pueden ser como “El pequeño pollito” e ir corriendo y gritando: “El cielo se cae, el cielo se cae”, o pueden ser como “La gallinita roja” y seguir adelante con las fructíferas tareas cotidianas, sin preocuparse de quién ayuda o no, ni de quién cree o no del mismo modo que ustedes.

¡Basta de cuentos de granja! Consideremos dos pasajes de Escrituras, ambos dirigidos a quienes viven en tiempos peligrosos:

El primero es de la sección 101 de Doctrina y Convenios. Si recuerdan, esta revelación se recibió cuando los santos congregados en Misuri sufrían gran persecución, estaban en el cenit de su persecución. Las turbas los había expulsado de sus casas, la hostilidad y el odio los seguían de condado en condado mientras buscaban refugio. Esos asustados santos perdieron sus terrenos, su ganado, su ropa, sus muebles, sus cosechas y un cúmulo de posesiones personales. A diario se oían amenazas de muerte. Creo que, de todos los momentos difíciles y peligrosos, ése fue el peor —yo diría: “lleno de terror”— que la Iglesia haya conocido. Después, frases como “Molino de Haun” y “Cárcel de Liberty” tomarían su lugar en nuestro vocabulario para siempre.

Aun en esos momentos de temor, el Señor dijo a Su pueblo:

“Consuélense, pues, vuestros corazones en lo concerniente a Sión, porque toda carne está en mis manos; quedaos tranquilos y sabed que yo soy Dios.

“Sión no será quitada de su lugar, a pesar de que sus hijos han sido esparcidos.

“Los que permanezcan y sean de corazón puro volverán a sus heredades, ellos y sus hijos, con cantos de gozo sempiterno, para edificar los lugares asolados de Sión;

“y todas estas cosas para que se cumplan los profetas” (D. y C. 101:16-19).

Así que, mis jóvenes amigos, consuélense sus corazones en lo concerniente a Sión. Y recuerden la definición más fundamental de Sión que hemos recibido: los que son “puros de corazón” (D. y C. 97:21). Si conservan sus corazones puros, ustedes, sus hijos y nietos cantarán cantos de gozo sempiterno al edificar Sión, y ustedes no serán quitados de su lugar.

El otro versículo al que me refiero lo expresó el Salvador, cuando habló a Sus discípulos en el momento que tenía que enfrentar Su propia crucifixión y ellos se enfrentarían al temor, a la confusión y a la persecución. ¡Hablando de tiempos difíciles! En Su último consejo colectivo a ellos en esta vida, y sabiendo muy bien lo que les esperaba a Él y a ellos, dijo: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

Así que, en un mundo de tribulación, y siempre la habrá en abundancia, recordemos nuestra fe, recordemos las otras promesas y profecías que se han dado, todas las que nos alientan, y vivamos más plenamente, con más audacia y valor que en cualquier otro momento de nuestra historia.

Cristo ha vencido al mundo y ha creado una senda estrecha para nosotros en el desierto. En nuestra época, Él nos ha dicho: “Ceñid vuestros lomos y estad apercibidos. He aquí, el reino es vuestro, y el enemigo no triunfará” (D. y C. 38:9). Así que, ciñamos nuestros lomos y cantemos con fervor esos cánticos de gozo sempiterno.

El triunfo

Eso lleva directamente al otro punto que quiero destacar con respecto al día en el que ustedes y yo vivimos: en tiempos de inquietud, tendemos a pensar mucho (como lo hizo mi joven amigo misionero) en la parte “Últimos Días” de ese título.

En esta ocasión, sin embargo, los invito a todos ustedes a concentrarse en la parte “santos” de esa frase. Ése es el elemento del título de nuestra Iglesia que debe recibir nuestra atención. Piensen en las bendiciones que gozamos; piensen en la época extraordinaria en la que vivimos; piensen en las bendiciones económicas, educativas, científicas y espirituales que tenemos como ninguna otra época o pueblo en la historia del mundo ha tenido, y entonces consideren la responsabilidad que tenemos de llevar una vida digna en el tiempo en que vivimos.

Esta gran Dispensación

Hemos venido al escenario de la vida terrenal en la dispensación más grandiosa del Evangelio que se haya dado a la humanidad y tenemos que aprovecharla al máximo.

Aquí tengo una de mis citas favoritas del profeta José Smith: “El establecimiento de Sión es una causa que ha interesado al pueblo de Dios en todas las edades; es un tema que los profetas, reyes y sacerdotes han tratado con gozo particular. Han mirado adelante, con gloriosa expectación, hacia el día en que ahora vivimos; e inspirados por celestiales y gozosas expectaciones, han cantado, escrito y profetizado acerca de esta época... Nosotros somos el pueblo favorecido que Dios ha elegido para llevar a cabo la gloria de los últimos días”2.

Vean esta afirmación similar de Wilford Woodruff, hecha en 1894. Tal vez no hace falta recordarles los enormes desafíos con que el presidente Woodruff se enfrentó. Aquí en el Oeste esos años fueron, supongo, tan temerosos en lo suyo como los que he descrito de Misuri. Profetas recluidos, apóstoles en prisión, el temor (como dijo el presidente Woodruff con sus propias palabras) de que toda la nación estuviera volviéndose en contra de nuestro pueblo, preparándose para la guerra contra la Iglesia3.

Sin embargo, en medio de tales tribulaciones, el presidente Woodruff dijo:

“El Todopoderoso está con Su pueblo. Nosotros tendremos todas las revelaciones que necesitemos si cumplimos con nuestro deber y obedecemos los mandamientos de Dios... Mientras viva, deseo cumplir con mi deber; deseo que los Santos de los Últimos Días cumplan con su deber… Su responsabilidad es sumamente grande. Los ojos de Dios y los de todos los santos profetas nos observan. Ésta es la gran dispensación de la que se ha hablado desde el principio del mundo. Nos encontramos reunidos... por el poder y el mandamiento de Dios. Estamos efectuando la obra de Dios... Llevemos a cabo nuestra misión”4.

Por último, permítanme compartir esta declaración del presidente Hinckley, nuestro profeta moderno, que nos guía en esta hora presente a través de tiempos difíciles. En la última conferencia de abril, citando justamente ese mismo tema tratado por el presidente Woodruff, nos dijo a todos:

“Nosotros, los de esta generación, somos la última cosecha de todo lo que nos ha antecedido. No es suficiente con sólo ser conocidos como miembros de esta Iglesia; sobre nosotros descansa una solemne obligación; aceptémosla y esforcémonos por llevarla a cabo.

“Debemos vivir como verdaderos discípulos del Cristo, con caridad hacia todos, devolviendo bien por mal, enseñando por medio del ejemplo los caminos del Señor y llevando a cabo el extenso servicio que Él nos ha señalado.

“Que vivamos dignos del glorioso don de luz, entendimiento y verdad eterna que hemos recibido a través de los peligros del pasado. De alguna manera, de entre todos los que han andado sobre la tierra, a nosotros se nos ha permitido salir a la luz en esta singular y extraordinaria época. Sean agradecidos y, sobre todo, sean fieles”5.

Me resulta interesante que, en estas tres citas a lo largo de un período de tiempo representativo, nuestros profetas no se hayan centrado en el terror de las épocas en las que vivieron ni en los siniestros elementos de los últimos días en los que todos vivimos, sino que sintieron la necesidad de hablar de la oportunidad y la bendición, y sobre todo de la responsabilidad, de aprovechar los privilegios que se nos han concedido en ésta, la más grande de todas las dispensaciones. Me encantan las palabras del profeta José Smith cuando dijo que los profetas, sacerdotes y reyes de antes han “mirado con gloriosa expectación, han esperado el día en el que nosotros vivimos; e inspirados por celestiales y gozosas expectaciones, han cantado, escrito y profetizado acerca de esta época”. ¿Por qué estaban tan gozosos? Les puedo asegurar que no estaban pensando en el terror ni en la tragedia. Las palabras del hermano Woodruff fueron: “Los ojos de Dios y los de todos los santos profetas nos observan. Ésta es la gran dispensación de la que se ha hablado desde el principio del mundo”6. Permítanme repetir las palabras del presidente Hinckley: “a través de los peligros del pasado... De alguna manera, de entre todos los que han andado sobre la tierra, a nosotros se nos ha permitido salir a la luz en esta singular y extraordinaria época. Sean agradecidos y, sobre todo, sean fieles”.

No sé cómo todo eso los hace sentirse, pero, para mí, repentinamente cualquier indebida inquietud con respecto a los tiempos en los que vivimos se disipa y me siento humilde y espiritualmente emocionado, motivado por la oportunidad que se nos ha dado. Dios está velando por Su mundo, Su Iglesia, Sus líderes y Él, ciertamente, vela por ustedes. Asegurémonos tan sólo de ser los “puros de corazón” y de ser fieles. ¡Cuán bendecidos serán ustedes! ¡Cuán afortunados serán sus hijos y nietos!

Piénsenlo. Ningún pueblo de épocas anteriores del Evangelio—incluidos nuestros propios padres en muchos casos—ha tenido nada semejante a las bendiciones que se nos han dado a ustedes y a mí.

Piensen en la ayuda que se nos ha dado de llevar la luz del Evangelio a un mundo oscurecido. Tenemos aproximadamente 55.000 misioneros, obviamente muchos más que en cualquier otra época en la historia del mundo desde su comienzo. Y ese número se repite cada dos años, con los que reemplazan a los que les han precedido. Necesitamos más. Tenemos miembros de la Iglesia en unos 170 países. Publicamos nuestras Escrituras en más de cien idiomas.

Hace aproximadamente seis mil años, cuando hubo un solo templo en el viejo mundo (se volvió a edificar dos o tres veces, pero fue siempre el mismo templo en el mismo monte, el monte Moríah de Jerusalén) y dos o tres templos en la historia del Libro de Mormón, pero ahora vivimos en una época en la que los templos se están multiplicando tan rápidamente que difícilmente podemos seguir el ritmo. Hasta hace unos minutos, teníamos 119 templos en funcionamiento, con —estoy seguro— más que serán anunciados y construidos.

Agreguemos el milagro de la computadora que nos ayuda a documentar nuestras historias familiares y a, sistemáticamente, efectuar ordenanzas salvadoras para la redención de nuestros muertos. Agreguemos el transporte moderno que permite a la Primera Presidencia, a los Doce y otras Autoridades Generales viajar por el mundo y personalmente dar testimonio del Señor a todos los santos de todos los países. Agreguemos a eso que, a donde no podemos ir, ahora podemos “enviar” nuestro testimonio, como dicen las Escrituras, con transmisiones por satélite, como el que estamos usando esta noche (véase D. y C. 84:62).

Sumen todos los elementos de la educación, las ciencias, la tecnología, la comunicación, el transporte, la medicina, la alimentación y la revelación que nos rodean, y comenzamos a comprender lo que quiso decir el ángel Moroni cuando dijo repetidas veces al joven profeta José Smith, citando al profeta Joel, del Antiguo Testamento, que, en los últimos días Dios derramaría Su Espíritu sobre “toda carne” y que todo el mundo, todo el género humano sería bendecido con la luz que vendría sobre todos los ámbitos del saber como parte de la restauración del Evangelio de Jesucristo (Joel 2:28; cursiva agregada; véase también José Smith—Historia 1:41).

Consideremos todas esas bendiciones que tenemos en nuestra dispensación y hagamos una pausa para decirle a nuestro Padre Celestial: “¡Grande eres Tú!”7 y “Bondadoso eres Tú”.

De hecho, tengo una teoría acerca de esas dispensaciones anteriores y de los líderes, de las familias y de los que vivieron, de quienes el profeta José, el presidente Woodruff y el presidente Hinckley hablaron. A menudo he pensado en ellos, y en las destructivas circunstancias que se les presentaron. Se enfrentaron con tiempos terriblemente difíciles, y en gran parte de sus dispensaciones no tuvieron éxito. La apostasía y la oscuridad llegaron finalmente en cada época de la historia de la humanidad. En efecto, la razón principal de la restauración del Evangelio en estos últimos días es que no había podido sobrevivir en épocas anteriores y, por tanto, tuvo que ser restaurado en una triunfal y última época.

Sabemos de los desafíos que afrontó la posteridad de Abraham (y que aún afronta). Sabemos de los problemas de Moisés con el pueblo israelita que, aunque salió de Egipto, no pudo librarse de la influencia que ese país ejercía sobre ellos. Isaías fue el profeta que vio la pérdida de las diez tribus de Israel en el norte. Jeremías, Ezequiel y Daniel fueron profetas del cautiverio. Pedro, Santiago, Juan y Pablo, las grandes figuras del Nuevo Testamento, vieron a la apostasía ganar terreno en su mundo casi antes de que el Señor partiera y ciertamente mientras ellos aún vivían. Piensen en los profetas del Libro de Mormón, que vivían en una dispensación que finalizó con penosas comunicaciones entre Mormón y Moroni acerca de la difícil situación que encaraban, y de las naciones que amaban que caían en la corrupción, el terror y el caos.

En resumen, la apostasía y la destrucción, de uno o de otro tipo, fue el destino final de cada dispensación general que hemos tenido a través del tiempo. Pero he aquí mi teoría: mi teoría es que esos buenos hombres y mujeres, los líderes de esas épocas pasadas, pudieron seguir adelante, testificando, tratando de hacer lo mejor que les era posible, no porque supieran que ellos tendrían éxito, sino porque sabían que ustedes lo tendrían. Creo que obtuvieron valor y esperanza, no tanto a causa de sus propias circunstancias, sino a causa de las de ustedes, una congregación magnífica de jóvenes adultos como ustedes esta noche reunidos, cientos de miles alrededor del mundo en un esfuerzo firme de ver al Evangelio prevalecer y triunfar.

Moroni una vez dijo, hablándonos a nosotros, los que recibiríamos su registro en los últimos días:

“He aquí, el Señor me ha mostrado cosas grandes y maravillosas concernientes a lo que se realizará en breve, en ese día en que aparezcan estas cosas entre vosotros.

He aquí, os hablo como si os hallaseis presentes, y sin embargo, no lo estáis. Pero he aquí, Jesucristo me os ha mostrado y conozco vuestras obras” (Mormón 8:34—35).

De una manera u otra, creo que virtualmente todos los profetas y apóstoles antiguos tuvieron visiones de nuestro tiempo, las que les infundieron valentía en sus propias épocas de menos éxito. Aquellos antiguos hermanos sabían sorprendentemente mucho en cuanto a nosotros. Profetas tales como Moisés, Nefi y el hermano de Jared vieron los últimos días en una visión sumamente detallada. Algo de lo que vieron no fue agradable, pero ciertamente todas esas generaciones anteriores se sintieron animadas al saber que finalmente habría una dispensación que no fracasaría.

Nuestro día y no el de ellos les dio una “esperanza gozosa y celestial” y les permitió cantar y profetizar de victoria. Nuestro es el día, hablando colectivamente, hacia el cual los profetas han estado mirando desde el comienzo de los tiempos, y aquellos antiguos hermanos están en el mundo espiritual todavía, ¡brindándonos aliento! En un sentido muy real, la oportunidad de ellos de considerarse plenamente exitosos depende de nuestra fidelidad y de nuestra victoria. Me encanta la idea de ir a la batalla en los últimos días en contra del mal, representando a Alma y a Abinadí, lo que ellos suplicaron, representando a Pedro y a Pablo, y los sacrificios que ellos hicieron. Si ustedes no se entusiasman con ese tipo de asignación en el drama de la historia, ¡entonces nada podrá entusiasmarlos!

Una fiesta de bodas

Permítanme agregar otro elemento a esta forma de ver la dispensación, una que, creo yo, se deduce automáticamente. Debido a que la nuestra es la última y más grande de todas las dispensaciones, debido a que finalmente todas las cosas culminarán y se cumplirán en nuestra era, hay por lo tanto una responsabilidad particular y muy específica que recae ahora sobre nosotros, los de la Iglesia, y que no se aplicó de igual modo a los miembros de la Iglesia de ninguna época anterior. A diferencia de la Iglesia en los días de Abraham, Moisés, Isaías o Ezequiel, o incluso en los días del Nuevo Testamento, de Santiago y Juan, tenemos la responsabilidad de preparar a la Iglesia del Cordero de Dios para recibir al Cordero de Dios, en persona, en gloria triunfal, en Su función milenaria como Señor de señores y Rey de reyes. Ninguna otra dispensación ha tenido jamás esa tarea.

En el lenguaje de las Escrituras, en toda la historia, nosotros somos los designados para preparar a la novia para la venida del Esposo y ser dignos de ser invitados a la fiesta de bodas (véase Mateo 25:1—12; 22:2—14; D. y C. 88:92,96). Hablando colectivamente, ya sea que se trate del tiempo de nuestra vida o del de nuestros hijos o nietos, o de cuando fuere, nosotros, sin embargo, tenemos la responsabilidad, como miembros individuales y como Iglesia, de ser dignos de que Cristo venga a nosotros, de ser dignos de que Él nos salude y de que Él nos acepte y nos reciba y nos abrace. La vida que le presentemos a Él en esa hora sagrada ¡debe ser digna de Él!

Debemos ser aceptables ante Él

Así que, dejando de lado el temor al futuro o las preocupaciones acerca del tamaño del refugio antibomba de nuestro jardín, me siento lleno de asombro, de un sobrecogedor sentido del deber de preparar mi vida (y, en lo que pueda, de ayudar a preparar la vida de los miembros de la Iglesia) para ese día largamente profetizado, para esa transferencia de autoridad, para el momento en que le presentaremos a Él la Iglesia, porque Suya es.

Sé esto: Cuando Cristo venga, los miembros de Su Iglesia deben verse y actuar como los miembros de Su Iglesia deben verse y actuar si es que vamos a ser aceptables para Él. Debemos estar efectuando Su obra y debemos estar viviendo Sus enseñanzas. Él debe reconocernos rápidamente y con facilidad como Sus verdaderos discípulos. Como recomendó una vez el presidente J. Reuben Clark: “Nuestra fe no debe ser difícil de detectar”8.

Sí, en esa gran hora final, si decimos que somos creyentes, entonces ciertamente será mejor demostrarlo. El Pastor conoce a Sus ovejas y debemos ser conocidos en ese gran día como Sus discípulos en hechos, así como en palabras.

Ciertamente, por eso el presidente Hinckley dijo: “No es suficiente (para nosotros, ustedes y yo, ahora en nuestro tiempo) con sólo ser conocidos como miembros de esta Iglesia… Debemos vivir como verdaderos discípulos de… Cristo”9.

Si, mis amados y jóvenes amigos, éstos son los últimos días y ustedes y yo tenemos que ser los mejores Santos de los Últimos Días que podamos ser, y recalco la palabra “Santos”.

¿Cuándo acabará todo esto? ¿Cuándo aparecerá Cristo pública y triunfalmente, y comenzará el Milenio? Ya les he dicho que no lo sé. Lo que sé es que los momentos iniciales de ese acontecimiento comenzaron hace 184 años. Sí sé que, como resultado de esa Primera Visión y de lo que ha seguido, vivimos en un tiempo de bendiciones sin precedentes, bendiciones dadas a nosotros con el propósito de vivir fielmente y con pureza, de manera que, cuando al fin y en forma triunfal llegue el Esposo, Él personal y justificadamente pueda invitarnos a la fiesta de bodas.

¿Hay para ustedes y para su posteridad un futuro feliz en estos últimos días? ¡Absolutamente! Con certeza, tienen un futuro hermoso. Todas las fiestas de bodas son ocasiones felices. ¿Habrá tiempos difíciles cuando esas amenazadoras advertencias y profecías de los últimos días se cumplan? Desde luego que los habrá; siempre los ha habido. Estén preparados. ¿Soportarán esos vientos, ese granizo y los poderosos rayos en el torbellino los que estén edificados sobre la gran roca de Cristo? Ustedes saben que lo harán. Les doy mi palabra ¡ Él da la Suya de que así será! Esta “roca sobre la cual estáis edificados… es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres [y las mujeres] edifican, no caerán” (véase Helamán 5:12).

Mis queridos jóvenes hermanos y hermanas, les dejo mi amor y mi testimonio no sólo de que Dios vive sino también de que Él nos ama, Él los ama a ustedes. Todo lo que Él hace es para nuestro bien y nuestra protección. En el mundo hay maldad y pesar, pero en Él no hay mal ni daño. Él es nuestro Padre, un padre perfecto y Él nos resguardará de la tormenta.

Testifico no sólo que Jesús es el Cristo, el Santo y el Unigénito Hijo de Dios, sino que Él vive, que Él nos ama, que por la virtud y mérito de Su sacrificio expiatorio, nosotros también viviremos eternamente. Él venció a la muerte y al infierno por nosotros, y Él venció al temor de la misma manera.

Ésta es la Iglesia y Reino de Dios en la tierra. José Smith fue un profeta y Gordon B. Hinckley es un profeta. La verdad ha sido restaurada. Ustedes y yo somos muy afortunados por haber nacido cuando todo este conocimiento y toda esta seguridad están a nuestro alcance.

Dejo una bendición apostólica sobre cada uno de ustedes, individualmente, a los que me escuchan, de que vivan con confianza, optimismo, fe y devoción. Los bendigo para que tomen en serio los desafíos de la vida, pero que no estén asustados ni desanimados. Los bendigo para que sientan el gozo de los santos en los últimos días y nunca la agobiante angustia ni la destructiva desesperación. En verdad, la única inquietud que quisiera que tuviésemos en la mente es de carácter muy personal: cómo podemos vivir más plenamente, más fielmente, a fin de que todas las bendiciones de esta gran dispensación puedan ser derramadas sobre cada uno de nosotros y sobre aquellos en quienes influimos.

“...no temáis, rebañito… Elevad hacia [Cristo] todo pensamiento; no dudéis; no temáis… todavía no habéis entendido cuán grandes bendiciones el Padre... ha preparado para vosotros… sed de buen ánimo… De vosotros son el reino y sus bendiciones, y las riquezas de la eternidad son vuestras” (D. y C. 6:34, 36; 78:17–18).

Les dejo mi bendición, mi amor y un testimonio apostólico de la veracidad de estas cosas, en el protector nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Notas

1. “Faith in Every Footstep,” Ensign, Jan. 1997, 15

2. History of the Church, Tomo IV: págs. 609–610.

3. Diario personal de Wilford Woodruff, 31 de diciembre de 1889, citado en James B. Allen y Glen M. Leonard, The Story of the Latter-day Saints, 2º edición, revision y ampliación, 1992, pág. 420.

4. En James R. Clark, comp., Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 6 tomos, 1965–1975, Tomo III, pág. 258; véase también Gordon B. Hinckley, en Conference Report, abril de 2004, págs. 84–85; o Ensign, mayo de 2004, pág. 83.

5. En Conference Report, abril de 2004, pág. 85; o Ensign, mayo de 2004, pág. 84.

6. En Conference Report, abril de 2004, pág. 85; cursiva agregada.

7. Véase Himnos, Nº 41; cursiva agregada.

8. Véase El curso seguido por la Iglesia en la educación, revisión de 1994, pág. 7.

9. En Conference Report, abril de 2004, pág. 85; o Ensign, mayo de 2004, pág. 84.

 
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